Eduardo Malvehy, pintor catalán con largas estancias en París, reside en Zaragoza, y en sus obras se advierte la personal síntesis a la que ha llegado desde los distintos ambientes en los que se ha formado su mirada. Ello se percibe bien en sus bodegones de cerámica, donde distintos jarros, copas y botellas se combinan en grupos en los que cada pieza tiene personalidad propia sin romper con el conjunto. Y sobre todo lo captamos en sus paisajes de lugares muy distintos, ya que en ellos parece como si el aire se hubiera detenido para facilitar una visión que participa de la instantánea y del buen orden constructivo. El pintor estructura sus cuadros de manera que la realidad tangible sirva de guía para comprender el ambiente hacia el que se orienta cada lugar. Sus paisajes no son los del turista apresurado, sino los del artista que se basa en lo conocido para ofrecer su idea del orden que debería tener la vida. Pintura culta que se centra en los conceptos y que defiende un europeísmo en el que los rasgos esenciales son los de la convivencia.

                                                  FRANCESC GALÍ
                                                - Miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte -



Eduardo Malvehy sabe conferir a su obra un toque poético y sensible especial, personal; es su visión de la realidad. Parte de ella pero no le basta. Pero está más allá de lo objetivo, sabe y siente que debe ir más lejos, y lo hace. Sus viajes le han llevado a vivir y recorrer geografías distintas y guardarlas en el recuerdo. Centra su temática en paisajes, en visiones urbanas, en vistas de París y de pequeños puertos costeros mediterráneos o en ciudades medievales centroeuropeas. También sus espléndidos bodegones forman parte de su temática. Y, especialmente, se complace en la luz, en el juego de luces y sombras, unido a un suave geometrismo cartesiano, cerebral, que une a lo impulsivo. Su obra es el resultado de la meditación y de la serenidad. Y al servicio de su concepción pictórica pone una rica paleta y una depurada técnica. Malvehy nos ofrece un discurso pictórico pleno de saberes, de libertad e inteligencia creadora.

                                                           J. LLOP S.



La obra de Eduardo Malvehy tiene rasgos de un postcubismo, en cierto modo naïf sin ser infantil, con esta fuerza de color y formas planas que le caracteriza, pero siempre como un resultado de madurez genial. Esta pintura quizá no sea innovadora, pero yo la veo rebosante de modernidad, de sentimientos de actualidad, de entornos, vividos o no, pero siempre bien observados, estudiados y exprimidos en su esencia más primaria. Paisajes urbanos, marinas, todos ellos con luz propia, parecen mundos imaginarios, pero hay un no sé qué de realidad, una realidad embrujadora, una realidad envidiable, porque en ella no puede ocurrir nada malo. Es, en definitiva, una pintura que os trasladará a un mundo, una vez más, diferente, creativo, de geometrías coloristas, para poder perderos sin el temor de no regresar. Una pintura en que la serenidad que desprende el propio artista se refleja en sus cuadros. Escenas que se nos presentan siempre limpias, nítidas, suaves como la piel de un melocotón.
        
                                                TATIANA BLANQUÉ



En todos los paisajes del pintor Eduardo Malvehy sorprende la profunda serenidad con que el artista transforma los temas escogidos para darnos una visión personal. Con acusada sensibilidad nos enseña que nuestra retina puede sublimar aquello que nos rodea, sólo con la luz de la intención poética. En sus obras no hay nada baldío, todo está estructurado, partiendo de una clara idea creativa en la que los volúmenes, los planos y la lejanía se inscriben en un todo donde la luz nos revela la belleza y la armonía de la arquitectura tradicional de las ciudades y pueblos de Europa, que Malvehy ha asimilado con toda la pasión por la belleza.


                                                                 JOAN SUNYOL

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